| Fidel vino a reencontrarse con él y su rostro lució un resplandor de bronce encendido. Con el sol de la mañana se alzó la estatua enorme y extendió sus brazos para saludar a la ciudad entera que parecía un solo ser humano. ¿Cuántos vendrían a verlos? Solo lo sabe este viernes de octubre, que nunca más podrá escapar del almanaque. Villa Clara siempre soñó con que su héroe regresaría, por eso cada quien —hasta los más pequeños— le inventaron un pedestal para su escultura guerrillera. Llegó con su paso agigantado rumbo al infinito, su sonrisa latiente y su mirada profunda, que como dijo un poeta, vela la noche de los pueblos, porque no habrá roca que pueda detener esos huesos inquietos mientras haya una sola injusticia que combatir en la tierra. Vino con la fragancia del monte en el uniforme, aún en busca de la batalla; por eso se hizo acompañar de Lázaro, el Capitán Descalzo, quien le descubrió los acertijos de la montaña; de Oscar Fernández Mell, el médico, para que cuidase de los guerrilleros; de los de la Columna 8, portadores de la esperanza, y de Camilo, el de las mil anécdotas multiplicado en los hombres del pueblo. Retornó con los compañeros más entrañables de la Sierra: Fidel y Raúl, y Ramiro Valdés, a quien siempre confió las decisiones de su Columna. “¿Cómo podría caber bajo una lápida? ¿Cómo podría caber en esta Plaza? ¿Cómo podría caber únicamente en nuestra querida, pero pequeña Isla? ¡Solo en el mundo con el cual soñó, para el cual vivió y por el cual luchó, hay espacio suficiente para él”, dijo el Comandante en Jefe al recibirlo. Surgió de los corazones cariñosos del pueblo este tributo solemne y silencioso, que los villaclareños le dedicaron al hombre que recorrió las selvas de África, de América y el que, en diciembre de 1958 —con la toma de Santa Clara—, impidió la llegada del refuerzo al enemigo. Volvió desde Bolivia con seis de sus guerrilleros, los cuales juraron nunca abandonarlo: Tuma (Carlos Coellos), Pachungo (Alberto Fernández Montes de Oca), Olo (Orlando Pantoja), Arturo (René Martínez Tamayo), El Chino (Juan Plablo Chang-Navarro) y Willy (Simeón Cuba). Chang-Navarro, el peruano, siempre fue demasiado rebelde para su edad; estaba en México cuando conoció al Che, confiesa su hermana Imelda, nostálgica por el recuerdo de uno de sus seres queridos, que reposará eternamente junto a su jefe guerrillero, como él lo prefirió. Aquella joven atrevida, que durante los días de la Sierra, le llevaba escurridizamente mensajes a Ernesto Guevara —Gisela Pantoja Tamayo— sabe que su hermano Olo solo estaría feliz al lado de su Comandante. Martha Fernández Montes de Oca, sin pronunciar palabras, trató de incorporarse a la fila interminable de público que acudió a la Biblioteca Provincial Martí, pero no le encontró el final. Quizá por eso consideró que Pachungo nunca estará muerto en Santa Clara. Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto también estuvieron junto a ellos , y a su padre, en esta ciudad que posee la Isla en el centro, donde una mujer tembló cuando dijeron el nombre del CHE, del cual hasta el cantautor Silvio Rodríguez prefirió recordarlo con su guitarra. Vino con toda la América y el mundo en la pupila, con la fatiga del asma y de la selva, radiante como el quetzal sublime que no admite cautiverio. Santa Clara salió a mirarlo en sus adoquines y recuerdos. Él volvió parco y reservado —como siempre—, y entre el silencio más grande que recordará esta ciudad, una voz llenó de optimismo la mañana: Camilo, Camilo... aquí está el Che. |
miércoles, 1 de junio de 2011
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